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La ciudad donde habita Caridbis
Es la historia de alguien que redescubre la vida a través del amor. Un becario español que prepara en Burdeos un trabajo sobre la última época de Goya encuentra en Agnès, -una muchacha francesa, uno de esos personajes novelescos que el lector quisiera encontrar un día fuera de la ficción-, una razón desconocida, la nueva clave de lo que no había sido hasta entonces sino una existencia gris. Agnès será el amor hecho libertad, el amor capaz de hacer pedazos el pasado y poner en cuestión,. sin proponérselo, la realidad de un hombre que no había conseguido aún reconocerse a sí mismo. Sin ceder a excesos pasionales, con un dominio constante de la situación y hasta luciendo un peculiar sentido del humor, Jesús M. Carazo consigue una novela que hace afortunadamente suyo el viejo mandato de convertir la vida en literatura. (Debate, 1987) |
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Los límites del paraiso
Los límites del paraíso, podría ser el relato irónico y desengañado de una aventura amorosa en el París de los años setenta. Como trasfondo y contrapunto, aparece la oscura ciudad de provincias de la que el protagonista -joven aprendiz de escritor al que aquejan fugaces megalomanías e invencibles desalientos- ha decidido escapar en una huida imposible y romántica. Hasta que aparece Sophie, París y la literatura son las principales pasiones de este personaje. Es él quien evoca para alborozo del lector a esa muchacha con la que compartió más de un año de vida en el Boulevard de Ménilmontant. Sophie se nos presenta alternativamente como un ángel despiadado o como un monstruo delicioso e imprevisible. Esta trama que pudo prestarse a un recuerdo más o menos nostálgico de la ciudad literaria por antonomasia cristaliza aquí en una regocijante novela que parece escrita en un arrebatado torbellino de inspiración a pesar de la sorprendente precisión de su prosa. Pero realmente, Los límites del paraíso es sobre todo el lúcido análisis de la vida de una pareja cuando comienzan a remitir los primeros y apasionados ardores. Y así, a lo largo de sus páginas, asistimos a la lenta, irrestañable degradación de algo que una vez había tenido la gracia del deseo y el goce y que se ha terminado convirtiendo en un difícil ejercicio de funambulismo sentimental. (Destino, 1989) |
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Secretum
En la primera página de Secretum de Jesús Carazo podemos leer lo siguiente: "El catorce de septiembre de 1977, una mujer se arrojó a la calle desde un céntrico edificio de una ciudad castellana. La víctima, a la que llamaremos Rosa, fue ingresada en gravísimo estado en un hospital y falleció dos días después. Esta novela es un intento de contar, desde la mirada del hombre que era entonces su amante, las veinticuatro horas que precedieron a ese terrible desenlace". Pero Secretum es también algo más: la radiografía moral de un personaje inmerso en el patético sinsentido de una existencia provinciana (Libertarias, 1992) |
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Los abismos de la noche
La misteriosa desaparición de Germán Altabella, oscuro crítico literario, es el punto de partida de esta novela irónica sobre las inefables rencillas de los escritores provincianos. Una novela construida como un relato policíaco cuyos ingredientes no son afilados cuchillos o venenos letales, sino jocosos guiños literarios e inesperados encuentros con los personajes más turbadores de la narrativa universal. (Lumen, 1996) |
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Después de Praga
Germán, el protagonista de esta historia, es un pusilánime bibliotecario al que el matrimonio se le ha caído encima "como si la columna de aire que sostienen sus hombros se hubiera convertido en un bloque de hielo opresivo y asfixiante". Un día, durante un viaje a Praga, nuestro héroe concibe el temerario, el desasosegante propósito de revelarle a su mujer sus veleidades libertarias... Lo que sigue es una aventura jocosa, hilarante, llena de ironía y de hallazgos formales. Tal vez el libro más divertido del autor. (Lumen, 1997) |
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La boda del tío César
"Y así llegó a nuestra casa aquel hombre curtido y sonriente que era por esos tiempos mi tío César. Recuerdo que los primeros días no conseguía acostumbrarse al ruido de los trenes. Siempre se levantaba de la cama con las gafas torcidas y la mirada desvaída y oscura de esos ferroviarios que trabajan en el turno de noche. Mi padre lo saludaba en la cocina con una palmadita en la espalda y una socarrona sonrisa, una sonrisa que sin duda quería decir que así aprendería a no salir de su pueblo para dar la lata a las gentes de la capital..." (Acento, 2001) |
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